TROSKY FOREVER

Debido a la especial singularidad de la Península Ibérica, en España, ya desde los inicios de la fotografía, han ido apareciendo subgéneros fotográficos únicos e intransferibles. Uno de estos subgéneros es la figura del fotógrafo trotamundos que se recorre los más insólitos pueblos de la España negra y profunda, en un momento en el que empezaba a desaparecer por muerte natural el más decadente y tenebroso pasado etnográfico de la "piel de toro". Este curioso movimiento, todavía en activo, que es insólito en otros países de nuestro mismo ámbito geográfico (y no necesariamente cultural, para nuestra desgracia), tiene un especial desarrollo en el momento en el que España sale a trancas y barrancas de un feroz dictadura, los años setenta del siglo XX, tan lejos y tan cerca. En este contexto, un tanto "friki", junto a algunas figuras de la fotografía española, como Cristina García Rodero, nos encontramos con otros nombres menos conocidos, pero igualmente especializados en patearse de cabo a rabo los más recónditos pueblos de España con fiestas y tradiciones populares "de interés turístico nacional" y otras que no las conoce ni su padre, todo ello al ritmo peleón y "super-fashion-cool" de la "Banda del Tío Honorio " y sus Intrépidos Muchachos. Rafael Sanz Lobato y Cristobal Hara pertenecen por derecho propio a esta misma banda sonora.
Bajo el común denominador de "Trabajos de campo", ambos acaban de exponer en el "Centro Andaluz de la Fotografía", con sede en Almería. La "Fundación Foto Colectania" de Barcelona, además de coproducir esta exposición, es la propietaria de las fotos que se exponen de Rafael Sanz Lobato, mientras que las fotos de Cristobal Hara las presta para la ocasión el propio fotógrafo.
En diferentes ocasiones, las fotos de uno y del otro, presentes en esta exposición, han sido hechas en los mismos lugares, en los mismos (o similares) pueblos de la España rural. Esta es una de las particularidades de esta exposición. La otra es confrontar en términos estilísticos y formales el trabajo de dos fotógrafos de dos generaciones diferentes, la de los cincuenta y sesenta, caso de Sanz Lobato, y la de los setenta, caso del autor de "Lances de aldea", en un momento en el que precisamente se produce un recambio generacional en la fotografía española.
Rafael S. Lobato (Sevilla, 1932) ingresa en 1964 en la "Real Sociedad Fotográfica" de Madrid, formando en 1966 el grupo fotográfico "La Colmena", junto a otros fotógrafos escasamente conocidos, a excepción de Carlos Henández Corcho, que tampoco digamos que sea una celebridad. En este mismo contexto, aparece otro colectivo mucho más conocido, "La Palangana", de la que formaron parte, entre otros, Gabriel Cualladó, Fernando Gordillo, Francisco Gómez, Francisco Ontañón y Ramón Masats, o lo que es lo mismo, el cogollo de la "R.S.F." madrileña. Con ocasión de la exposición "Fotógrafos de la Escuela de Madrid", celebrada en el "Museo Español de Arte Contemporáneo" de Madrid en el año 1988, el grupo "La Colmena" quedó reducido a su mínima expresión, algo lógico y natural: la "obra fotográfica" de "La Colmena" es un zumbido por descubrir y descifrar (¡vete a saber si estamos ante unos "abejas mayas", unos abejorros terriblemente salados y divertidos, o tal vez unos genios incomprendidos, que aman por encima de todas las cosas el malditismo y la marginalidad!), mientras que los integrantes de "La Palangana", incluidos, por supuesto, los "dos de Barcelona" (Francisco Ontañón y Ramón Masats) han tenido una mayor repercusión pública, con una obra ciertamente notable, de lo mejor que ha dado la fotografía documental española.
La escasa obra que conocemos de Rafael Sanz Lobato (de la que la "Fundación Foto Colectania" posee cien originales, no todos expuestos en esta ocasión) es francamente buena. Es más, está a la altura de Masats, Gordillo y Compañía, con la particularidad de que algunas de sus imágenes más significativas recuerdan mucho la obra de Cristina García Rodero, estando hechas antes de que la autora de "España oculta" se pateara los más recónditos pueblos de la Península Ibérica, dato este último que convendría subrayar. Del resto de su obra, excepto una serie de bodegones góticos y siniestros, que me parecieron muy interesantes cuando se expusieron hace unos años en la galería "Alejandro Sales", que precisamente esta a cuatro pasos de la "Fundación Foto Colectania", tenemos escasa información. Por lo tanto, sería aconsejable que su inmenso archivo de negativos, unos sesenta mil, fueran expurgados y dados a conocer a la luz pública. Lo expuesto en esta ocasión es enormemente válido, a incluir dentro de las coordenadas estéticas del mejor realismo crítico español, con el característico tono solemne, decrépito y melancólico que suele tener este género fotográfico y más si tenemos en cuenta los desoladores ambientes fotografiados, muchos de ellos ubicados en el más remoto pretérito pluscuamperfecto, o en destartalados barrios marginales, con prostitución incluida.
Cristobal Hara (Madrid, 1946) se inicia en la fotografía en 1969. En su primera etapa plasmó sus pétreas y caóticas imágenes de la España profunda sobre soporte de blanco y negro, abandonándolo a partir de 1985 y optando desde entonces por el color, algo inhabitual en esta peculiar temática fotográfica, en la que los tonos oscuros de la más truculenta España negra dominan todo el conjunto de la imagen. Pero, ya se sabe que Cristobal Hara es un fotógrafo de "rompe y rasga". Eso sí: mi atrofiado cerebelo postmoderno (que prefiere la Filmoteca de Barcelona, un "solo" de armónica de Walter Horton o un libro de Clarice Lispector a las marchosas "Fiestas de San Juan" de mi pedanía local), nunca ha logrado captar que es lo que verdaderamente "rompe y rasga" este correcaminos, que sigue pensando que España huele a pueblo, estiércol y desechos de tienta, todo ello a ritmo de dulzaina castellana y jota de picadillo. Con franqueza (y esto está dicho sin ánimo de ofender): a Cristobal Hara le va la marcha, cambiando la más anfetamínica "ruta del bacalao" o el botellón de fin de semana, por los más sórdidos y oscurantistas ambientes castizos que tienen demasiado fuego en las entrañas. Otra explicación no tiene el hecho de que haya pasado la tira de tiempo recorriéndose España de cabo a rabo, buscando todo tipo de "lances de aldea", o lo que es lo mismo, dándole cancha a grotescas fiestas populares en las que los toros, las vaquillas y otros animales con diferentes cornamentas son corneados y salvajemente torturados por los más aguerridos maletillas y mozos del pueblo que les vio nacer y las pedanías de al lado. Lo siento, mozalbete: nunca he comprendido -y espero irme a la tumba con esta misma idea: desde estas páginas doy mi más sincero apoyo a las diferentes asociaciones que luchan por la defensa y la dignidad de los animales, incluidos los de compañía. Por cierto: "Trosky forever"- el sinsentido de las fiestas populares españolas y mucho menos las salvajadas que se cometen en este maldito país en el vil nombre de la tradición. Soy visceralmente antitaurino. Me repugna todo lo que tiene que ver con el maltrato a los animales: el que maltrata un animal, antes o después, es un violador o un asesino en potencia. En consecuencia me cuesta muchísimo, por lo decir que me siento incapacitado para valorar unas instantáneas, un tanto descalabradas, en las que todo tipo de "astados", como dirían los taurinos, son alanceados, torturados y violados de la forma más vil y salvaje.
Las restantes fotografías de Cristobal Hara que se exponen en esta ocasión, en las que con cierta frecuencia todo está manga por hombro, muestran una España en estado de descomposición, machista, casposa y reaccionaria que todavía no se ha enterado que los tiempos están cambiando, en la que la violencia y la agresividad de supuestos "homo erectus" es, en ocasiones, mayor que la de los propios animales. Por cierto, ¿qué dirían Goya y Velázquez si se enteraran de que Cristobal Hara se inspira en su genial obra, o al menos eso dice el padre de tan lindas criaturas paleo-conceptuales?

P.D.: Este artículo está dedicado a Trosky, Filo y Sofía. Cuidaros "babys", que todavía tenéis que caminar a cuatro patas, ladrar y aullar largo y tendido. ¡Quién yo me sé os lo agradecerá en lo más profundo de su tierno y delicado corazón humano!

A. Molinero Cardenal

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Actualizado 2010/06/08